Caminar por la
calle de noche es toda una experiencia, la bruma otoñal que empaña mis sentidos
logra adornar el momento dando valor a las estrellas salpicadas en un
firmamento manchado por el hombre. Cada paso, cada murmullo, cada sonido que mi
percepción sobre estimulada intercepta se transforma en un miedo o deseo ligero
que llevo conmigo un par de minutos.
Estos se repiten
a lo largo de mi viaje, oscilantes entre la paranoia absoluta y lo agradable entorpecen
mi camino que a ratos se alarga más de lo indicado puesto que llegar, erróneo a
la lógica poco natural que rige las cosas, no es el objetivo de mi andar si no
mas bien el cierre de un algo definible solo con experiencias propias.
¿Difícil de creer
cierto? Saber que el desaparecer del todo después de sentirte parte de el es más
necesario de lo normal, mas de lo que suele rebotar en nuestra cabezas absorbentes
de conocimientos vagos, sin sentido que logran impresionar a gente que no lo merece.
A la mitad de mi
oscuro viaje el lamento de mi mirada aterroriza al que pasa junto a mi… quizás será
que los excesos intermitentes que aborrecen mi vida deterioran la aurora
angelical que esperas encontrar en cuanto infeliz pasa por tu vista, o por lo
menos eso logra entenderse después de fijarte en tu interior y darte cuenta que
juzgas mas de lo que lo divino te permite. Digo divino ya que, en mi
experiencia, define lo indefinible de una manera magistral, aunque es casi tan
arriesgado como dejar suelto este trozo de historia.